
“Hay algo dentro de mí que se quiebra cuando te escucho, cuando el sonido de tu voz llega a mis oídos que no saben, que tú ya no eres mío.
No hay nada que me perturbe más que esos años en los cuales me decías amor, años en los cuales creíamos que el tú y yo eran para siempre. No hay nada que pueda dejar de lado cuando se trata de ti. Tus poemas, tus dibujos me persiguen a lo largo de las noches en las cuales te extraño. Hay días como hoy, cuando el sol brilla que recuerdo el verano juntos, ese primer día del año durmiendo juntos bajo el sol. No puedo olvidarlo y sé que ya no estás para mí. No hay nada que duela más que haberte dicho adiós, amándote tanto. No fue la mejor solución.
Hoy después de tantos años, me doy cuenta de lo importante que eres para mí. Y aunque esta sea una historia de tantas, sé que para ti y para mí, será la historia más especial que hayamos vivido.
No hay nada que me haga más feliz ahora que sabe que tú eres feliz. Hoy en verano, te extraño y te digo adiós”.
Así fue la carta que recibió Andre, esa tarde de febrero. Él no podía creer que la confesión llegará 10 años después. Cuando tantas cosas habían pasado, cuántos amores intensos había vivido, resistido, batallas con él mismo, tratando de olvidarla. Y ahora con los años en otoño, ese sentimiento casi perdido revivió con una intensidad fulminante. No sabe qué hacer, tomar su abrigo o guardar la carta en la misma caja en donde los recuerdos de ella habitan.
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